Lun. May 20th, 2024

Las horas se han convertido en días en el sur de Turquía, y con ello se saca con vida a menos personas de entre los escombros de inmuebles que colapsaron luego del terremoto que sacudió la región.

Mientras los familiares observan cómo los equipos de rescate se afanan en la recuperación, también enfrentan una terrible verdad: que es poco probable que vuelvan a reunirse con sus seres queridos desaparecidos.

En Nurdagi, una ciudad de unos 40 mil habitantes ubicada entre montañas nevadas a unos 56 kilómetros (35 millas) de distancia del epicentro del sismo, una multitud de espectadores, en su mayoría familiares de personas atrapadas en el interior, observaban el jueves cómo máquinas pesadas trabajaban en un edificio que se había derrumbado, con sus pisos encajados uno sobre otro con poco más que unos centímetros de separación.

Mehmet Yilmaz, de 67 años de edad, observaba a lo lejos mientras las excavadoras y demás equipo de demolición empezaban a derribar lo que quedaba del edificio, donde seis miembros de su familia, incluidos tres niños y un bebé de 3 meses, quedaron atrapados.

La operación no era de rescate, sino de demolición. «No hay esperanza. No podemos renunciar a nuestra esperanza en Dios, pero entraron en el edificio con dispositivos sonoros y perros y no había nada», dijo Yilmaz.

Lleva tres días sin moverse de su esperanzada posición junto al edificio. Calcula que alrededor de 80 personas siguen atrapadas en la estructura colapsada, pero dijo que no cree que alguno sea sacado con vida.

«El edificio parece una pila de papel y cartón, la quinta planta y la primera han chocado en una sola», comentó con tristeza y resignación.

Difícilmente queda un edificio en Nurdagi que no haya sufrido daños importantes. En aquellos en los que se creía que aún podía haber sobrevivientes, los trabajadores utilizaban piquetas, martillos neumáticos y palas para remover con cuidado bloques de hormigón y los nudos retorcidos de las varillas con la esperanza de encontrar signos de vida.

En otros edificios, como en el que quedó atrapada la familia de Yilmaz, la labor se centraba más en la recuperación.

En Kahramanmaras, la ciudad más cercana al epicentro del sismo, los trabajadores seguían buscando sobrevivientes el jueves, pero la mayoría de sus hallazgos eran cadáveres.

De pie, sobre un alto montículo de escombros, tres hombres metieron la mano en una grieta y sacaron un cadáver envuelto en una manta roja del que sobresalían los pies descalzos. El cuerpo fue colocado en el lampón de una retroexcavadora y bajado lentamente hasta el suelo.

Se podía escuchar a un rescatista diciendo que su estado psicológico iba en declive tras días de búsqueda, y que el olor a muerte entre los escombros se estaba volviendo demasiado insoportable.

Cerca de allí, un centro deportivo techado funciona como una morgue improvisada para acomodar e identificar cadáveres que fueron recuperados de entre los escombros.

En la cancha de baloncesto había decenas de cuerpos envueltos en mantas o sudarios negros, al menos uno de los cuales parecía ser el pequeño cuerpo de un niño de 5 o 6 años.

En la entrada de la morgue, un hombre lloraba a gritos sobre una bolsa para cadáveres negra que yacía junto a otra en la caja de una camioneta. «¡Tengo 70 años! ¡Dios debió llevarme a mí, no a mi hijo!», decía entre lágrimas.

Erdal Usta, asistente del fiscal de la provincia, señaló que los cadáveres que son sacados de entre los escombros se llevan al inmueble y se catalogan, a la espera de que sean identificados por los familiares, que luego pueden llevárselos para sepultarlos.

Una mujer, que no quiso dar su nombre, comentó que había llevado el cuerpo de su suegro a la morgue para que fuera registrado formalmente como fallecido.

Ella y su familia, señaló, habían sacado al hombre de los escombros con sus propias manos, pero el derrumbe lo había aplastado.

En Nurdagi, Mehmet Nasir Dusan, de 67 años, estaba sentado en una silla viendo cómo los restos de un edificio de nueve pisos eran derribados por las excavadoras, creando nubes de polvo.

Comentó que tampoco tenía la esperanza de volver a reunirse con los cinco miembros de su familia que quedaron atrapados bajo los escombros. Sin embargo, señaló, recuperar sus cuerpos le daría algo de consuelo. «No nos vamos a ir de este lugar hasta que podamos recuperar sus cuerpos, aunque tardemos 10 días», dijo. «Mi familia está destruida ahora».

Por dahemont

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